Con la entrada en vigor del capítulo agropecuario del Tratado de Libre Comercia de Norteamérica TLCAN las disparidades de la situación en el campo saltan a la luz, no hace falta argumentar mucho para demostrar a quién favorece el tratado y qué panorama se ahondará más en nuestro país. Veamos algunos datos.
Los intercambios comerciales entre nuestro país y los Estados Unidos son claramente desventajosos para la economía mexicana. Importamos más de lo que exportamos. A esta lógica simple se agregan las graves desigualdades que existen entre las condiciones del campo en Estados Unidos y México.
Mientras que el imperialismo promueve el liberalismo a ultranza, al tiempo que rechaza toda medida proteccionista, en Estados Unidos se subsidia con unos 25 mil dólares a los productores agrícolas frente a los 700 dólares con que en promedio se apoya a los campesinos mexicanos. Por otra parte, los mexicanos difícilmente podremos invertir en Estados Unidos, mientras que la mitad de las inversiones en México provienen de estados Unidos.
Además, el entreguismo con el que se firmó el TLC se evidencia cuando se comprueba que mientras para México se introdujeron elementos básicos de la dieta elemental del pueblo (maíz y frijol), para Canadá y Estados Unidos se dejaron fuera lácteos, cacahuates, mantequilla de maní, algodón, azúcar, pollos, pavos, huevos y margarina.
Además está la penetración de los transgénicos, que en México se venden sin ninguna regulación. Sobre este punto está el grave deterioro de la economía campesina, porque los productos transgénicos, que en muchos casos crecen más rápido o con menores insumos, se venden más barato que los productos mexicanos de producción regular o tradicional. En este mismo contexto de incertidumbre está la posibilidad de producir energéticos a partir de productos cultivables, los llamados biocombustibles. A este aspecto, tan sólo Canadá destina 20 millones de dólares en apoyo a los campesinos que destinen cultivos para este rubro (datos del Ministro de Agricultura canadiense).
Con relación al tema de la fuerza de trabajo, es importante destacar que sólo 6 de cada 100 productores están en posibilidades de competir con los criterios del TLC; además cada año migran 300 mil campesinos a EEUU en busca de mejores condiciones de trabajo y vida. En lo que a superficie productiva útil se refiere, en EEUU se destinan 10 millones de kilómetros cuadrados, frente a 1.5 millones en México (de aquí en adelante son datos presentados en la Cámara de senadores).
Y la desigualdad sigue en cada elemento que se compara. En el caso de la maquinaria agrícola, en Estados Unidos los productores tienen 1,480 tractores por cada mil trabajadores del campo, mientras que en nuestro país no se llega a 20 tractores por cada mil trabajadores. En México no se llega a los 20 millones de hectáreas de tierras cultivables, mientras que en EEUU la cifra llega a casi 180 millones de hectáreas.
Evidentemente que esta enorme disparidad se traduce en baja productividad y rendimiento al campo mexicano, mismo que arroja un rendimiento de 2.5 toneladas por habitante del campo frente cinco de los norteamericanos. Comparativamente producimos 4 veces menos frijol y casi cuatro menos también de maíz. Es evidente cuando a esto se agrega también que EEUU dedica seis veces más de su Producto Interno Bruto a la investigación agropecuaria (3% frente a 0.5%).
Por si fuera poco, la balanza comercial agropecuaria desde hace 14 años tiene una pérdida de 2.5 mil millones anuales; la migración de hombres y mujeres pasó de menos de 100 mil personas a casi 600 mil anualmente; 70 por ciento de los habitantes de las zonas rurales vive en pobreza; el salario rural se ha deteriorado 60 por ciento, y se han perdido más de 2 millones de empleos.
Las repercusiones de ahondar en esta desigualdad tienen ya beneficiarios y perjudicados, no son otros diferentes a los de siempre: la contradicción entre la potencia imperialista gringa y la economía neocolonial mexicana.