Históricamente el proletariado y los trabajadores mexicanos han resentido no contar con una organización sindical a nivel nacional que defienda sus intereses económicos con una proyección de clase, sin titubeos ni conciliaciones, que eduque a la clase bajo la teoría emancipadora; que no solo proyecte en su labor cotidiana una independencia orgánica con respecto a la burguesía, su Estado y sus representantes electoreros, sino que posea independencia ideológica.
En el desarrollado del movimiento obrero en nuestro país existieron organizaciones que se dicen representar a los trabajadores, utilizando una fraseología revolucionaria, han caído en el colaboracionismo, simulando una independencia con respecto a la patronal y sus representantes en el Estado; en otras palabras una y otra vez han traicionado nuestros intereses como proletarios, como trabajadores.
Así lo fue la “Casa del Obrero Mundial”, la Confederación Regional Obrera Mexicana, la Confederación de Trabajadores de México, por ejemplo; así lo son las confederaciones “charras” corporativas tradicionales y las desprendidas de éstas últimas.
La historia es la misma: fundar una federación sindical con principios “democráticos” y/o “revolucionarios”; una vez que adquiere fuerza, el Estado copta a los dirigentes que no estaban ideológicamente claros; surge una oposición –al interior de la federación o la confederación- que solo es de intereses particulares y se separan formando una nueva; al final de cuentas, el Estado logra paralizar su ímpetu y negociar los nuevos privilegios para sus dirigencias que vuelven a traicionar a sus agremiados.
Esta es la tendencia reformista en los sindicatos que ha menguado la unidad e independencia de clase. ¿A caso no hay coincidencias con esto en el sindicalismo “independiente” actual? ¿Podemos encontrar esta tendencia en grupos políticos que se hacen llamar “revolucionarios”? La respuesta para las dos cuestiones es: sí. Entonces, podemos ver que a pesar de que los sindicatos llegaron a guardar distancia son respecto al Estado burgués, ésta solo ha sido orgánica, la dependencia ideológica se muestra en la táctica errónea, en el economicismo, el colaboracionismo, la falta de educación hacia sus bases y la nula proyección más allá de los estándares legales.
El reformismo es aprovechado por los capitalistas para que “nada cambie”, que continúe la explotación y el trabajo asalariado; en la táctica reformista maniobran en las elecciones, concilian con el Estado, buscan la productividad del trabajo, etc., pero pierden el objetivo estratégico de emancipar a la clase del yugo del capital, enajenan su conciencia, renuncian a sus intereses de clase, se convierten en un instrumento de control por parte de la patronal, se venden: estos son los dirigentes “charros”, la aristocracia obrera.
“Nuestro” Estado mexicano, como todo Estado burgués, ha hecho lo suyo para conciliar los intereses entre el capital y el trabajo; para enajenar a la sociedad con la demagogia política del Estado como representante de la “Revolución Mexicana”, de los intereses de la “sociedad civil”, un Estado que “esta por encima de todas las clases sociales” y actúa como “regulador” de sus intereses y el “bienestar de la nación”; pero que efectúa con todo su aparato estatal el control ideológico y real sobre el proletariado y el pueblo mexicano.
Este mismo Estado quien se encargo de cooptar a los elementos más enajenados y desclasados para su servicio al interior de los sindicatos, el que dio pauta para la formación de esa férrea aristocracia obrera, y quien ha coartado y reprimido a los elementos democráticos y revolucionarios.
¡Pero el orden de cosas es muy “dadivoso”! pues ante el dominio del reformismo reaccionario, concentrado principalmente en el Congreso del Trabajo, nos permite escoger del abanico de posibilidades reformistas: utilizando la ambigüedad del lenguaje –que el Estado mismo se ha encargado de difundir- existe el sindicalismo “independiente”, que como ya dijimos solo lo es orgánicamente, pero no en la cuestión ideológica pues con otro nombre y con otros personeros dan continuidad a la conciliación de clases; por otra parte encontramos una tendencia reformista que a pesar de que se “esfuerza” por las tareas “emancipadoras”, no escapa de la dinámica sindicalista del economicismo, de los “intereses nacionales”, etc.
El logro de la conciencia de clase está condicionado por el conocimiento de las deformaciones de la clase obrera, y tal conocimiento se logra analizando el proceso histórico de las condiciones reales. De ahí que el desarrollo de la lucha ideológica sea el conocimiento de la realidad nacional. Sobre ésta, el trazo de la misión histórica del proletariado aparece como la superación ideológica de las condiciones existentes. Con esta actitud el sindicalismo de clase rechaza al economicismo, al democratismo burgués, al nacionalismo, etc.
La conquista de la conciencia (independiente) de clase no se logra si el proletariado no comprende que la deformación de la conciencia revolucionaria entra en contradicción con sus necesidades e intereses históricos.
Para entender la lucha histórica que tenemos como clase tenemos como premisa la lucha económica que siembra la unidad y la lucha por la sobrevivencia inmediata; pero solo se logrará en la medida que se proyecte en plenamente correspondencia con las necesidades históricas de la clase obrera, necesidades que no se entienden únicamente en el marco de las carencias económicas, es decir, en el terreno de la lucha política.
Tenemos, entonces, que la lucha económica -por mejores condiciones de trabajo y vida- debe ir de la mano con la lucha política por unir a toda la clase contra el capital, por medio de su Partido. Postergar la lucha política –como hacen los reformistas- equivale a extirpar el potencial revolucionario del proletariado, a eternizarse en el horizonte “enano” del economicismo; lo que da juego a la burguesía para perpetuar la sociedad capitalista.
Claro que no entendemos que basta con tener sindicatos para efectuar la revolución proletaria, la clase obrera necesita de su Partido para unificarse políticamente como clase para derrotar a la burguesía que también está organizada como clase.
Esto no quiere decir que estemos jugando a crear sindicatos revolucionarios, ya que en estos la clase obrera y los trabajadores tienen su primera escuela de socialismo, su primer contacto para la unidad en la lucha económica, su instrumento de acción en masa y su instrumento más valioso: la huelga política.
Es por ello que necesitamos fortalecer a nuestro Partido para estar a la altura de estas tareas: la gran labor cotidiana y sencilla (mas no simple) de crear corrientes de trabajadores revolucionarios en el barrio, en la fábrica, en cualquier punto que haya una concentración obrera; que agite y desenvuelva la dialéctica de la lucha económica y la lucha política, desenmascarando las teorías y corrientes ajenas al proletariado; pero lo más importante: que emprenda la organización democrático-revolucionaria hacia la clase obrera, ese es el primer paso de por dónde empezar. |