Desde sus inicios el sindicalismo en México quedó plagado por contenidos economicistas, dejando de lado las tareas históricas de la clase proletaria por terminar con la explotación asalariada. El magonismo, por ejemplo, al inicio no planteaba la lucha política –tenía una concepción liberal–, y aún después cuando se vuelve al anarcosindicalismo, su concepción anti partido mantiene estrecha la labor de las sindicatos y los condena al espontaneismo.
Las concepciones reformistas fueron reforzadas por estas apreciaciones ganándole terreno en la lucha ideológica a las nuevas concepciones clasistas que deambulaban y que no tenían claridad sobre el proceso revolucionario en nuestro país. En estas batallas estuvo inscrito el nacimiento de la primera confederación a nivel nacional, la Confederación Regional Obrera Mexicana. Ésta representa la victoria del reformismo ante el anarcosindicalismo y el sindicalismo revolucionario, cuando en sus estatutos sancionan no pertenecer a ningún partido político dejando libre la participación individual.
Su inserción corporativista y de conciliación aparecería desde el momento que, con la representación de la Casa del Obrero Mundial, se erra en la táctica; viéndose arrastrados por la demagogia “revolucionaria” del gobierno de Venustiano Carranza colabora para aplastar a los campesinos insurreccionados. Tal situación demostró que si bien habían acertado en la política de participar armadamente en la Revolución, la táctica los llevo a la bancarrota al no actuar con independencia de clase, dirigida su lucha a derrotar los lastres feudales y ganarse al mismo tiempo a las masas campesinas para la revolución proletaria.
Para 1917, la burguesía tiene las condiciones necesarias para estatuir su legislación burguesa para la conciliación de clases en el Artículo 123, creando una Junta de Conciliación y Arbitraje entre el patrón, el Estado (burgués) y el sindicato (pro burgués).
Esta tendencia sindical no sólo se mantiene hasta la actualidad, sino que se va perfeccionando de acuerdo a las necesidades del capital. Así, toda vez que surge y se fortalece un sindicato revolucionario, siempre el Estado busca la forma de normativizarlo hacia el reformismo o enfrascarlo a una dinámica economicista.
De esta forma, el corporativismo priista –conocido popularmente como “charro”– ha utilizado lemas revolucionarios para llevar a cabo la demagogia ante los trabajadores, incluso sus estatutos y documentos conllevan un lenguaje “revolucionario”. Advertimos de similar forma, que las organizaciones sindicales desprendidas del charrismo priista se autonombran “sindicatos independientes”, cuando son organizaciones sindicales antidemocráticas, con líderes que concilian los intereses de los trabajadores y los patrones, traicionan a sus agremiados una vez que han obtenido las migajas para sus bolsillos. Estos últimos sindicatos han encontrado en la flexibilidad del trabajo su modus vivendi, no están necesariamente obligados a filiarse a un partido, sino que buscan la mejor opción del momento, como pueden estar con el PRI, como con el PRD o hasta con el PAN, según convenga al patrón.
Todos estos sindicatos en su “conciliación” entre el trabajo y el capital busca el “beneficio” y la concordia de ambos, es por esta razón que se encuentran engullidos en la dinámica del mejoramiento de la “productividad”, la innovación tecnológica y estar al día con los estándares mundiales de las relaciones productivas; de ahí el estar a la par con la flexibilización del trabajo.
Ejemplo de ello, son las organizaciones charras como la Confederación de Trabajadores de México, que controla cientos de sindicatos blancos, donde no sólo no hay democracia, sino ni siquiera vida sindical, con contratos colectivos o individuales de trabajo que sólo benefician a una parte, la patronal. ¿No es esto un paraíso burgués? Cómo no lo va a ser si de esta forma suprimen toda prestación y seguridad social hacia los trabajadores, de esta forma tratan de incrementar las ganancias de los capitalistas. Cabe destacar que estos contratos los mantienen incluso organizaciones sindicales llamadas “democráticas”.
También encontramos a la “altura” de las nuevas relaciones productivas al Sindicato de Telefonistas de la República Mexicana, ejemplo de conciliación en estas nuevas relaciones que presentan mayor precariedad y sobreexplotación del trabajo. Los trabajadores de Telmex fueron de los primeros en aplicárseles las normas de la flexibilización laboral; peores condiciones presentan los trabajadores que laboran por “cuenta propia” vendiendo tarjetas de Ladatel o de Telcel sin contar con un contrato que regule su trabajo –siendo éste a destajo y sin jornada fija– siendo estos en teoría y en práctica una extensión de su ejercito de trabajadores, pues contribuyen a la distribución de su producto solo que el patrón (Slim) no tiene ninguna responsabilidad legal con ellos.
El crecimiento del capital ha contribuido al fortalecimiento de los sindicatos reformistas ya que donde existe organización sindical cualquiera, les garantiza salarios mayores a los medios, menguando de esta forma la potencial lucha que se daría por salarios.
El Estado que se convierte en un “regulador” entre el capital y el trabajo hace su parte: él es el encargado de fijar los salarios mínimos haciéndolo con maña ya que aunque cada año aumenten estos, el poder adquisitivo es cada vez menor debido a la inflación. Otra maña del Estado burgués es dar presupuestos a los sindicatos para aumentar la productividad, enrolando a estos últimos a encargarse de la innovación para la explotación del trabajo haciéndolos pensar que ganan control sobre el proceso de trabajo; haciendo efectivo el enfrascamiento en el economicismo pues el sindicato no da más continuidad a la educación de sus trabajadores sobre el trabajo enajenado, sino sólo por la lucha de mejores salarios y mejores condiciones de trabajo.
La falta o la escasez de una conciencia revolucionaria en los sindicatos hace que las luchas actuales se queden en el marco de la estrechez económica y reivindicativa, así lo vemos en las batallas contra la privatización de los energéticos, las reformas al IMSS, la nueva Ley del ISSSTE, etc., estrechez que no ha permitido convertir la lucha económica en lucha política; cuando se ha hecho, no logra rebasar los marcos hacia la supresión la explotación asalariada, es decir, se entiende la lucha política como mero movimiento contra el Estado para arrancarle demandas económicas.
La independencia ideológica y orgánica debe ser efectiva y abonará para el organismo destinado a la lucha política, para llevar a cabo la eliminación del trabajo asalariado por medio de la revolución proletaria y la dictadura del proletariado contra la burguesía, nos referimos al partido obrero.
La necesidad de un organismo sindical democrático y revolucionario pasa no sólo por la conformación de una conciencia de clase, sino también de su materialización: en su forma de organización, estructuración, su forma de acción, etc., es necesario impulsar una práctica y estilo revolucionarios que den con la forma efectiva de organizar al vasto ejército de trabajadores insertados en la estructura ocupacional tradicional y en las nuevas formas (como lo mencionamos con los vendedores en los cruceros), pero la organización debe de alcanzar al ejército industrial de reserva, a los desempleados.
Además de una campaña de denuncia, se debe apostar a la organización, pues la sola denuncia no basta cuando nuestros medios de difusión y propaganda son todavía insuficientes, debe de convencerse en la práctica con los resultados de un sindicalismo de clase, democrático, asambleísta, revolucionario, internacionalista, solidario; que defienda los intereses económicos del trabajador, pero que encause esta lucha a la educación clasista y al combate contra el capitalismo. |