Número 245 semana del 17 al 23 de septiembre de 2007
Formas de control por la administración patronal
No bastó con concentrar en un lugar fijo a decenas, centenares o miles de trabajadores para que laboraran –rindiendo al máximo-, es decir, que para hacer que se explotara al máximo su fuerza física y su mente en producir cada vez más mercancías y servicios, el patrón le quito el control del proceso del trabajo mediante la “administración”.

Para alcanzar esto tuvo que valerse de hombres y nuevas relaciones que impusieran los ritmos y jornadas de trabajo extenuantes –incluso por encima de las capacidades normales del cuerpo humano- requeridas para alcanzar ganancias superiores.

En un primer momento contrataban maestros (artesanos) que conocían los oficios de esa industria. En algunas ocasiones lo hacían mediante subcontratistas que tenían a su cargo hasta 200 trabajadores, éstos se encargaba de la “coordinación” y control del trabajo de los obreros. En otras, cuando llegaban a concentrar un número mayor de trabajadores a los que pudiera controlar directamente el patrón, hace uso de personas que se encargaran del control directo –estas eran familiares, amigos o personas muy allegadas, por lo que se les da el nombre de “personas de confianza”–, es decir, capataces.

Ulteriormente, se fue delegando todas las funciones de la administración a trabajadores “gerenciales” o “de confianza”, haciendo de esto una “profesión”, en la ciencia de la explotación del trabajo y la maximización de la ganancia; lo que hace al patrón un parásito del trabajo, que no tiene nada que ver con el proceso de trabajo, pero se beneficia de éste.

En los últimos decenios hubo una tendencia en la estructura ocupacional donde vemos que un crecimiento del personal gerencial (de oficina) supone para algunos “marxistas” o sociólogos del trabajo el acabose del proletariado, el fin de aquella clase que sería la gran mayoría de la población.

La cuestión es que solo consideran como proletariado a aquellos trabajadores de la industria pesada de la transformación, no vislumbrando las ocupaciones surgidas con las nuevas ramas de la producción y los servicios, más aún, no ven que estos trabajos en oficina, si bien no son parte del proletariado tradicional, tampoco aquellos trabajadores de “cuello blanco” que mantenían el control del proceso del trabajo. Basta con echar un vistazo a la mecanización y tecnificación de este tipo de empleos, para ver la diferenciación con la gerencia o administración.

De lo anterior, tampoco hay que confundir los puestos “medios” (capacitador, jefe de departamento, jefe de fila, auxiliares de diversas categorías, etc.), con la gerencia, pues estos sólo son una extensión del control, trabajadores que son sometidos a una fuerte competencia para subir escalonadamente y lograr por tanto un ascenso económico; trabajadores que reciben una gran carga de enajenación donde no sólo pierden los frutos de su trabajo, sino que además, creen ser parte de la empresa y que el contribuir con la explotación le beneficia pues: “si crece la empresa crecen ellos”.

En estos puestos de trabajo siempre hay un tope, pues al llegar a cierto nivel busca, la empresa, cualquier motivo para correrlo (una forma recurrente es el fastidio hasta que renuncia el trabajador “voluntariamente” y por lo tanto sin finiquitar), y por más alto que asciendan, nunca ocuparán un puesto estratégico en el control del proceso del trabajo, sólo conocerá parte de éste –en específico, en relación con su área o departamento-, no puede ser de otro modo, pues el conocimiento del proceso significa control, por tanto: sometimiento a quien lo controla.

Pero el tratar de menguar la organización por medio de la competencia no tenía los efectos esperados en los grandes complejos industriales –por ejemplo- donde se concentra a miles de trabajadores y su mayor fuerza era la masa, la cantidad. Ante este peligro para los intereses del capital y en búsqueda de abaratar costos de producción (materias primas y fuerza de trabajo más baratas), se deslocalizan las empresas creando redes mundiales de producción.

Esto significa, que una empresa que concentraba en Estados Unidos –en un complejo industrial- a cientos de miles de trabajadores, ahora solo conserva la “matriz” en su país de origen, que es donde conserva oficinas centrales y centros tecnológicos y de investigación. Extiende filiales por todo el mundo con capital propio o mixto, buscando países donde las materias primas, la fuerza de trabajo, el transporte, los impuestos, etc., sean a su conveniencia. De esta forma diseminan a sus trabajadores, contando con características contractuales diversas y trabas patronales de Estados diferentes.

Pero contrariamente a esta deslocalización, el crecimiento y la concentración del capital sigue en ascenso, más aún, se fortalece el dominio de los monopolios transnacionales por toda la orbe. Podemos ver una tendencia de desunión de clase en toda la propaganda social que se hace para friccionar a los trabajadores, ya no digamos, de un centro de trabajo o de una empresa, sino de una misma rama de la producción o entre diferentes ramas.

Ejemplo de esto son las campañas contra los trabajadores que organizaron en su sindicato para luchar contra la perdida adquisitiva de su salario, buscando salir lo mejor librados posible –sin que esto signifique que su salario se haya a su caída del 80% en los últimos 30 años-, por lo que manejan que tienen salario de privilegio, que deben bajárselo; cuando de lo que se trata mínimamente es de nivelarlos hacia arriba, de conseguir un salario sustentable como lo marca la misma Constitución, que cubra –el salario mínimo- las mínimas condiciones de supervivencia, no solo del trabajador sino de su familia: educación, salud, vivienda, calzado, vestido, alimentación, esparcimiento, transporte, etc.

A todo esto, tenemos que agregar las formas más acabadas de control basadas en: la tecnología de punta, la informática, la automatización extrema, la flexibilización, contratos patronales y sindicatos blancos; más, viejas formas que aparecen como nuevas: la subcontratación, la precarización, contratos de palabra o temporales, pérdida de prestaciones y seguridad social, corporativismo, charrismo sindical, corrientes burguesas y pequeñoburguesas al interior de los sindicatos.

No debemos dejar de largo la falta o mínima conciencia de clase y la falta de independencia de clase, esto es un factor histórico en nuestro país que no permite desplegar el potencial revolucionario de los trabajadores, quedando en demandas reivindicativas, luchas economicistas; o peor aún, en “carne de cañón” para diferentes sectores de la burguesía o de sus líderes charros.

La falta de una identidad de clase ha menguado la organización de enormes sectores de trabajadores: ubicados en el comercio “informal”, trabajadores de venta de productos por catálogo (Avon, Price Shoes, Jafra, etc.), trabajadores que venden en calles para empresas (Bon Ice, Danone, Telcel, El Gráfico, etc.); los cuales –todos estos sectores y otros considerados dentro de lo “informal” o desempleo y que no cuentan con seguridad social alguna–, forman parte del ejército industrial de reserva en diferentes niveles, o sea, que no tuvieron otra opción para emplearse pero siguen a la expectativa de contar con un trabajo remunerado.

La falta del elemento consciente (la conciencia de clase) y de su organización (el sindicato) permite que el capital finque su imperio sobre el trabajo; peor aún, los pocos sindicatos tenían –y tienen- la responsabilidad de denunciar y de socavar todas las formas de control que la administración capitalista ha implantado dentro y fuera del proceso de trabajo, mas sólo buscaron beneficios para la patronal, cuando menos particulares, traicionando a los intereses de la clase que dicen representar.

Es de vital importancia contar con la organización sindical democrática, sin organización y unidad no somos nada, por lo que se necesita crearla no sólo en los sectores tradicionales del trabajo, sino extenderla a los nuevos grupos ocupacionales y de desempleados.

La batalla será espinosa y escalonada; pero cada paso, cada escalón que ascendamos en la organización independiente a la burguesía; cada pequeña victoria –por muy mínima que sea esta–; nos dará confianza en el potencial revolucionario de nuestra clase, nos guiará en el camino y en la forma de caminar éste para afianzar los lazos de solidaridad de clase, del internacionalismo proletario, de la unidad en la acción, de la política de alianzas flexible.

Solo cimentando estos principios de organización de forma intransigente, pero de un modo sencillo y paciente, lograremos nuestro Norte: desalinear el trabajo, que el control del proceso productivo regrese a quienes lo llevamos a cabo, los trabajadores del campo y la ciudad.
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