Huelgas mineras, enfrentamientos con la policía, represión, ha sido la constante de las movilizaciones mineras en América Latina durante los últimos meses. Las condiciones laborales precarias y de vida pauperizadas, son el principal detonante ya que estas condiciones son resultado del nuevo auge de la industria minera que representa cuantiosas ganancias para los monopolios del ramo.
Otra causa son las pugnas de intereses Estado-patronal-sindicato, por el control absoluto sobre los trabajadores, a veces para contar con un núcleo de masas para movilizarlo en pro de sus intereses, otras veces simplemente para imponer las condiciones laborales apropiadas para la sobreexplotación y la maximización de las ganancias. Tenemos los casos del Sindicato minero y Grupo México, las pugnas en Bolivia y Perú.
En las condiciones precarias de los trabajadores mineros, la aristocracia obrera encuentra pretexto para la movilización cuando ve afectados sus negocios, una vez remediados estos, apaciguan a los trabajadores sin haberles resuelto sus demandas más elementales, esto no tiene otro nombre que traición a los trabajadores, esto es típico del charrismo sindical.
Nos encontramos con que el surgimiento y auge de nuevos sectores industriales ha traído, de manera aparejada, modificaciones subsecuentes en distintos sectores, siendo el caso de la minería y metalurgia.
En las tres últimas décadas, las inversiones en el sector minero se han incrementado. Las corporaciones trasnacionales han encontrado un marco propicio para entrar en una región en la que se aplica, sin beneficio de inventario, las políticas neoliberales del Consenso de Washington, cuyo objetivo principal es favorecer a la inversión extranjera. Se ha favorecido la sobreexplotación de recursos naturales y humanos en los países neocolonias (América Latina, África, Medio y Próximo Oriente, Este de Europa, etc.), provocando desastres irreversibles por parte del capital extranjero.
En este período, varios países efectuaron –o están en la agenda- reformas del Estado, fiscales, laborales y otras que otorgan a las empresas mineras incentivos fiscales, exoneración de impuestos y tasas, fuentes gratuitas de agua, enormes extensiones de territorio en calidad de concesiones, etc. Además de la privatización de la mayoría de mineras y metalúrgicas paraestatales a ofertas de ganga, el caso mexicano fue el de Altos Hornos de México.
De esta manera el sector minero salió de la crisis de acumulación en que se encontraba, para esto tuvo además que dar un viraje estratégico de diversificación en relación a las materias primas explotadas.
En Bolivia, el estaño, dejó de ser demandado por el mercado internacional, las nuevas tecnologías requerían otro tipo de materiales; se inició un corto, pero significativo periodo de auge del oro (los inversionistas, ante la incertidumbre de la economía mundial, particularmente del estancamiento en Estados Unidos, empiezan a comprar el preciado metal), repuntó la explotación de plomo, cobre, plata y zinc.
A fin de lograr la susodicha diversificación, las mineras, arrasan todo lo que se atraviesa en su camino para conseguir sus objetivos: se introducen en áreas de conservación ecológica, arrasan con los bosques y con todos los seres vivos que allí habitan, se apropian de las fuentes de agua y de la energía eléctrica, contaminan ríos y lagos, desplazan a comunidades indígenas y campesinas o sectores urbanos, provocan divisiones y enfrentamientos entre las comunidades, sobornan y compran a autoridades nacionales y locales, etc. Un problema que ejemplifica, lo tenemos en San Luis Potosí donde se ha conformado el Frente Amplio Opositor al Proyecto Minero de San Javier.
No solo los trabajadores, sino todas las comunidades colindantes a una mina están expuestos a graves enfermedades derivadas de la exposición a sustancias tóxicas como polvos de sílice, plomo, azufre, mercurio, cianuro, etc., que se generan en todas las fases de la actividad minera. La acumulación de estos elementos en el organismo humano provoca cuadros de intoxicación aguda, enfermedades de la piel, alternaciones de los sistemas nervioso y respiratorio, alteraciones en el metabolismo e incluso la muerte cuando la concentración de tóxicos es muy alta.
La formación de un importante contingente de fuerza de trabajo superflua, debido a los cambios tecnológicos y nuevos métodos sofisticados de control y organización del proceso productivo, generó dos procesos contradictorios y complementarios dentro de la minería capitalista: alargó e intensificó la jornada laboral, debido a que la lógica en el uso de la fuerza de trabajo mostró dos tendencias: reducir la fuerza de trabajo empleada, al tiempo que hacer más productiva a la contratada. Esto es, sobreexplotación de la fuerza de trabajo.
La explotación de la fuerza de trabajo con métodos arcaicos que recuerdan los albores del capitalismo, se fue aplicando sin contemplación, con el amparo en las políticas de libre contratación y en el desbande del combativo proletariado minero: tercerización, trabajo por destajo, eliminación del Contrato Colectivo de Trabajo, etc. Ello se traduce, además, a condiciones precarias, infrahumanas, de trabajo, ocasionando accidentes en forma recurrente y masiva –léase crímenes industriales-, como lo acontecido en Pasta de Conchos, por estos días en Utah, Estados Unidos, y en todas las latitudes.
El capital minero retribuye la fuerza de trabajo por debajo de su valor. Si en el valor de reproducción de aquella no sólo cuenta el salario directo, sino también otros componentes como beneficios sociales, bonos, primas, servicios de salud y de educación, éstos fueron reduciéndose paulatinamente. Con el recorte de estos beneficios, el capital logra ahorrar sustancialmente en costos laborales, siempre en aras de la maximización de las ganancias. Tanto el obrero como su familia se reproducen en condiciones de: menos alimento, menos salud, menos educación, etc.
Desnacionalización, privatización, concentración de capital constante, sobrexplotación, constituyen no sólo mecanismos de recuperación del sector, sino también los linderos por los que se verifica el desangre de los recursos naturales y sobre todo el tributo de plusvalía generada por los obreros mineros a los procesos de valorización y acumulación del capital monopólico. Esta es una manifestación del carácter reaccionario del capitalismo en la actualidad. |