La política del régimen y sus partidos políticos se caracteriza por hacer énfasis en cortar en redondo cualquier forma de organización de masas tendiente a elevarse, radicalizarse y proyectarse revolucionariamente en otra perspectiva de su papel al margen de la política burguesa.
Los procesos de simulación orientados a hacer suponer que la burguesía desea resolver los problemas del pueblo, justificando la explotación en aras de alcanzar el bien común, tienen para sí todos los instrumentos y recursos del aparato estatal. Ni duda cabe, Calderón lo mismo que los partidos burgueses, se colocan en esa línea de proclamar la persecución de mejoras sustanciales que luego van posponiéndose indefinidamente, para “más adelante” en tanto se montan en cada acontecimiento y diseñan escenarios mediáticos halagadores rogando que primero se les permita hacer y deshacer en el país.
Tienen también el propósito de paralizar la actividad de masas, la protesta, la unidad popular que apoyándose en el potencial del descontento puede emprenderla contra el régimen en mejores condiciones que en épocas anteriores.
Ellos actúan según los intereses del capital financiero, por eso hacen continua referencia a que la sociedad está justamente representada en las instancias de gobierno, que la política suya es la política de todos; pero que solo ellos son quienes deben ejecutarla, que no hay más, que no importa la violación institucional de sus propias normas legales, sus propios principios de orden, pues según ellos, nada se alterará si las masas se mantienen simplemente a la orilla del proceso y les permitimos continuar con sus políticas.
Su discurso terminante, su comportamiento autoritario, su accionar fascista no tienen límites aún cuando van dejando una estela de derrotas y una secuela de lamentables condiciones en la vida del trabajador sencillo. Los oligarcas y sus políticos se creen haber logrado un firme respaldo de masas, pero eso es sólo propaganda comprada, nada se ha dicho aún, mucho menos cuando la línea que siguen es la de desmantelar el país, sus recursos y sus industrias en aras de integrarlas al complejo imperialista, aniquilando nuestras más valiosas conquistas sociales.
Está claro que la apuesta de la clase dominante consiste en impedir a todo precio la protesta, la unidad, la organización de los de abajo, pero sobre todo, que con ello se adquiera conciencia de desarrollar una política independiente, clasista y revolucionaria que apunte al régimen capitalista como el centro de sus padecimientos.
Los magnates se cuidan especialmente de estos riesgos, asociándose -al extremo de la supeditación- con los imperialistas; los gobernantes se aseguran también con la afirmación de los valores de su Estado de derecho de gran propiedad; los partidos políticos se amparan con el supuesto papel de representantes populares que aseguran tener. Pero, ¿pueden convencer todos estos parásitos con esas falacias?
Ante el panorama nacional de la lucha de clases se debaten dos tendencias, una de ellas domina los escenarios de la gran política, las instituciones y la gran propiedad capitalista, es decir, detenta el poder político-económico; la otra, no tiene más que su condición de explotada, es la de los trabajadores por retomar sus tareas históricas, por instalarse ya que productores, como los poseedores de la riqueza, su tendencia empuja constantes combates populares que ya aparecen en las pequeñas poblaciones, lo mismo que en las grandes ciudades.
Una lleva a la hegemonía fascista, la otra apunta a la acumulación revolucionaria de fuerzas; nada las puede unir porque son polos opuestos entre explotados y explotadores, se colocan de frente ante: el problema de las reformas estructurales, los bajos salarios, la violación de los derechos sociales, la opresión y violencia en general; miden fuerzas en cada choque, las primeras se blindan en torno al Estado y el imperialismo, las segundas templan la alianza obrera, campesina y popular en los días que van corriendo con bastante prisa condicionados por plazos fijos.
El porvenir de México se refleja en estos antagonismos, uno de los dos ha de abrirse paso, aquel que representa las fuerzas vivas del país, sus mayorías laboriosas, que hoy lo mismo luchan contra la reforma a la Ley del ISSSTE que contra el proyecto neoliberal de La Parota, por la libertad de los cientos de presos políticos, por el derecho al agua, por la compensación a los daños de gobiernos irresponsables que permiten una situación a merced de los elementos climáticos, lo mismo contra los feroces patrones en la fábrica que contra sus charros sindicales, lo mismo por la tierra que por la vivienda o la educación.
El régimen intenta retrasar estos procesos, hábilmente se esmera por demeritar las luchas populares, especialmente aquellas por donde asoma la clase obrera, donde progresa la unidad proletaria y popular, donde se levanta el fantasma del frente único de los oprimidos, va aplicando medidas de descomposición de los movimientos; sin embargo, nuevos brotes de descontento le cierran el paso a lo que en algunas partes se anota como éxitos, acumulando en su contra nuevos descontentos por millones, tanto en contra de su política general, contra de sus pretensiones de mando incuestionable, como contra de la acción cotidiana de los monopolios y de sus más mínimos reflejos en la actuación de los caciques, gobernadores, diputados y demás politiqueros.
La tendencia que debemos seguir desarrollando es la de estructurar, detallar y expandir el programa revolucionario contra el capitalismo, como elemento guía de la acumulación de fuerzas y la unidad de todos los procesos de lucha, su conducción contra todas y cada una de las posiciones de la gran burguesía.
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