El mundo imperialista plantea cuestiones que tienen que ver no sólo con lo que sucede en un país, sino con la cadena en la que se encuentran eslabonadas las economías (y por ende, el trabajo) de todas las latitudes. La migración es un problema de este tipo y así lleva buen tiempo, lejos de los “novísimos” análisis de los globalifóbicos y sus redes (o más bien enredos). La migración, entendida como el desplazamiento de la población dentro y fuera de las fronteras por causas fundamentalmente económicas, se ha convertido en una cuestión que debe ser analizada con detenimiento, sobre todo porque esa economía “de exilio” sostiene en buena medida la economía nacional.
La división internacional del trabajo supone la desigualdad de condiciones laborales dentro y fuera de las fronteras, máxime cuando se trata de la dominación imperialista sobre nuestros pueblos. Por ejemplo, para garantizar los sobornos de la aristocracia obrera de las metrópolis del imperialismo (por ejemplo, E.U.), se recurre a todo tipo de ideas retrógradas como el racismo y la xenofobia, el desarrollo de la economía y sus recurrentes crisis- arrastran también a la economía de las potencias, y con esto, su privilegiado nivel de vida.
Una muestra. En el artículo “Despertando del sueño americano”, la revista burguesa norteamericana Business Week cita un estudio de la Universidad de Michigan: “en la última década el 40 por ciento de las familias no mejoró su situación ni ingresos, contra 37 por ciento en los 80 y el 36 por ciento en los 70.”
El periódico La Jornada, hace un par de semanas retomó el tema y publicó un material de Paul Krugman, columnista del periódico burgués The New York Times. Krugman dice del artículo de Business Week: “En él se resumen investigaciones recientes que muestran que la movilidad social en Estados Unidos (la cual nunca fue tan alta como decía la leyenda) ha decaído de manera considerable en las décadas recientes. Si se coloca esa investigación junto a otra que apunta a un drástico incremento en la desigualdad del ingreso y la riqueza, se llega a una incómoda conclusión: Estados Unidos tiene cada vez más el aspecto de una sociedad de clases.”
Continúa: “Y ¿adivinen qué? Nuestros líderes políticos hacen todo lo que pueden para fortalecer la desigualdad de clase, a la vez que acusan a quien se queje -o siquiera señale lo que ocurre- de ser practicante de la "lucha de clases".
¿A qué se debe esto? Sin duda a la crisis económica del capital. En Estados Unidos se ha dado en llamar “Wal-Martización” de la economía a las actividades económicas que mantienen su rentabilidad a costa de la carencia de derechos laborales (sindicales, etc.) y nivel de ingresos. De esta manera se echan por la borda los sueños de progreso capitalista a los que aspira el trabajador norteamericano. Pero lo que sucede con los inmigrantes es muy interesante.
Veamos. Los ingresos de México en dólares son principalmente por venta de petróleo y por las remesas del extranjero. Según el Banco de México, durante 2002 los ingresos por remesas fueron de 6,121 millones de dólares y a finales del 2003 aumentaron en más de un 15%; en octubre del 2003 llegaban a 12,000 millones de dólares. Según el Banco Interamericano de Desarrollo las remesas generan una actividad económica de $100,000 millones de dólares en la región, y superan con creces el monto de la asistencia para el desarrollo que reciben anualmente cada uno de los países latinoamericanos. El destino de estos ingresos para las familias pobres (más de 2.5 millones de familias tan sólo en México) es cubrir las necesidades básicas como alimentación, vivienda y salud.
Según el Consejo Nacional de Población (CONAPO), el número de migrantes nacidos en México que viven en Estados Unidos llegó a 9,9 millones en 2003 y considerando a sus descendientes, la cifra se eleva a 25,5 millones. Representa el 29% de los inmigrantes en ese país.
El discurso ideológico de la burguesía que caracterizaba a la economía norteamericana como tierra de oportunidades (sueño americano), decía que todo mundo podía escalar las clases hasta llegar a ser supermillonario, tan sólo con trabajo arduo y honesto. Ahora, esta historia se viene abajo hasta para sus mismos propagandistas.
Hoy en día, con la crisis económica, esta fantasía está más que cancelada. Si antes se podía poner algún ejemplo de tesón para “mejorar” en la sociedad burguesa, actualmente no existe ni esa mínima posibilidad. Y esto lo afirman los mismos medios de la propaganda burguesa como la revista Business Week. A esto habría que agregar la militarización de la frontera, pero ese problema merece un tratamiento especial en la próxima edición de Vanguardia Proletaria.
A los comunistas nos toca recordar que los obreros no tienen patria, que la nación es un producto histórico del capitalismo en ascenso, que fueron creadas en el desarrollo histórico para que las burguesías “autóctonas” defendieran sus intereses y engañaran a los obreros con unas aspiraciones que eran las suyas. La consigna de los maestros del proletariado, Marx, Engels, Lenin y Stalin, cimbran con mayor intensidad el mundo burgués. ¡Proletarios de todos los países, uníos!