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CAPITULO II
CARACTERIZACION DEL CAPITALISMO ACTUAL
1. MÉXICO EN LA ÉPOCA DE CAPITALISMO FINANCIERO (IMPERIALISMO).
La fase actual y última del capitalismo a escala mundial es el imperialismo o capitalismo monopolista. Sus rasgos distintivos fundamentales son: la suplantación de la libre competencia por la dominación de los monopolios y el capital financiero, la exportación de capitales, el reparto del mundo por los trusts internacionales y la finalización del reparto de toda la tierra entre los grandes piases capitalistas, adquiriendo las contradicciones del sistema una acentuada amplitud y profundidad sin precedentes.
Sobre la base del capitalismo monopolista se ha formado el Capitalismo Monopolísta de Estado. El Estado Burgués hoy toma la forma de dictadura de la oligarquía financiera, realiza todas sus actividades en interés de los principales monopolios. Tal sistema económico-político, que consiste en la subordinación del aparato estatal a los monopolios capitalistas y en su utilización para ingerirse en la vida económica y política del país con el fin de asegurar las ganancias máximas y de reforzar la omnipotencia del capital financiero, llámese Capitalismo Monopolista de Estado.
Esta modalidad que representa el grado más alto de la socialización capitalista de la producción, trae consigo un mayor incremento de la explotación de la clase obrera, depauperación y ruina de las amplias masas trabajadoras.
México se encuentra, en tanto que país capitalista con un nivel de desarrollo económico inferior a las grandes potencias, sujeto a la dependencia del imperialismo, principalmente en su aspecto de "anexión" económica por parte del norteamericano y de otras potencias imperialistas, nuestro país está circunscrito en una extensa zona de influencia y control yanqui que es América Latina mediante un fuerte endeudamiento, dependencia tecnológica, comercio desigual y desfavorable (acentuado con el Tratado de Libre Comercio), inversiones extranjeras, concesión de zonas francas, producción en el interior de empresas imperialistas para el mercado mundial, saqueo de sus recursos, explotación económica, utilización en gran escala de nuestra fuerza de trabajo (emigración) para apuntalar sus centros industriales y agrícolas, así como a través de la opresión política, social y nacional; todo ello en el marco de la internacionalización del capital y la nueva división internacional del trabajo, una de cuyas premisas es salvar a los Estados imperialistas de los efectos de la Ley de la tasa decreciente de la ganancia a costa de la super-explotación de nuestros pueblos. Por tal situación el Capitalismo Monopolista de Estado adquiere en nuestro país características especiales en consonancia con el sojuzgamiento nacional y extranjero de los monopolios, acentuándose la ruina de las masas.
Aunque ya en las postrimerías de la revolución de 1910-17, el principal logro para la burguesía haya sido (una vez sofocadas las fuerzas progresistas campesinas y la emergencia del movimiento proletario) el reencausar el proceso de concentración y centralización de capitales; es fundamentalmente en los años 40 del siglo XX, cuando el Estado interviene en la economía directa e indirectamente a través de empresas públicas y con el fomento a la inversión privada, para consolidar los grandes grupos monopolios en nuestro país, que en nuestro caso, más que existir primero y después entrelazarse con el Estado, surgen en su gran mayoría gracias a la actuación del Estado moderno.
En México existe una alta concentración y centralización del capital en manos de unos cuantos monopolios nacionales y extranjeros que resulta escandalosa tan solo al comparársele con economías de países semejantes y superiores; un puñado de magnates controlan los puntos neurálgicos de la economía del país, existen consorcios que abarcan ramas enteras de la industria, la agricultura, el comercio, las finanzas, los servicios e inclusive en el narcotráfico. La fusión de empresas industriales, comerciales, agrícolas y bancarias, han dado lugar al predominio del capital financiero en estrecha vinculación y subordinación al capital financiero internacional con la penetración de las sociedades multinacionales, transnacionales e instituciones bancarias extranjeras lideradas por los yanquis.
En la fase del imperialismo y de la crisis general del sistema capitalista, el Capitalismo Monopolista de Estado acelera e intensifica dicho proceso de concentración y centralización de capital utilizando todos los recursos e instrumentos públicos. La política económica estatal mexicana apoya, fomenta y protege al capital monopolista con instrumentos como la regulación del crédito, de los precios, la devaluación, disminución de los salarios; a través de la inversión y gasto público en infraestructura básica; con la protección fiscal, arancelaria, además de otros incentivos a la inversión. También la legislación de los últimos años favorece a los grupos monopólicos: Ley de Transferencia de Tecnología, Ley de Inversiones Extranjeras, reformas constitucionales, des-regulación económica, entre otras, promoviendo la participación ventajosa de las grandes empresas extranjeras y nacionales en la agricultura, el comercio, la industria, la pesca, el transporte, las finanzas, actividades forestales y en los servicios, aún al costo de arruinar a la pequeña y mediana burguesía. El Estado, que es subsidiario de la gran burguesía, (y este es un elemento característico de la formación social mundial), en México, adquiere proporciones inauditas, pues en cada etapa del desarrollo del capitalismo mexicano, el Estado, ha salvado una tras otra a la gran burguesía de su bancarrota, pero ha marchado a la par del desprestigio de las clases gobernantes y sus dirigentes políticos por la traición que representa a los intereses del pueblo, y la corrupción y descomposición del sistema que esto entraña.
Con el Capitalismo Monopolista de Estado, en México se ha fortalecido un sector de la burguesía nacional (la oligarquía financiera) contra la clase obrera, el pueblo en general e inclusive contra las fracciones no monopolistas de la misma burguesía, y, aunque con sus contradicciones evidentes, en comunión con el capital extranjero y la gran narcoeconomía con la que tiende continuamente a fundirse. La oligarquía financiera nacional y el imperialismo controlan la economía del país, manejan y dominan los grandes monopolios privados y estatales sometiendo a la mediana y la pequeña industria a servir de sus apéndices, ejerciendo una influencia tecnológica, industrial, comercial y financiera avasalladoras.
El Estado en su calidad de instrumento de la oligarquía financiera lucha contra los efectos negativos que se ciñen sobre la acumulación de capital, tales como la tendencia decreciente de la cuota de ganancia y las crisis, sometiendo a las masas a la sobreexplotación y miseria sobre la base de todo tipo de programas de reconversión industrial, productividad y de recuperación económica de corte anti-popular. En ese sentido intenta mitigar los efectos de la anarquía reinante en la producción de mercancías y fijar los montos, ritmo y destino de la inversión, lo que se enfrenta a la dura realidad de las limitaciones del mercado interno y las propias tendencias de una economía sujeta a los apetitos de sus facciones dominantes que se manifiestan en la sed de ganancias máximas y la priorización en consecuencia del negocio especulativo.
El capitalismo en México se caracteriza por una polarización geo-económica, un desequilibrio entre las distintas ramas de la producción, entre la ciudad y el campo, provocando la ruina de éste y la concentración de la población en las grandes ciudades, efectos y manifestaciones de la anarquía de la producción que al no ser remontados de los marcos del sistema la lucha del Estado burgués contra ellos no puede dejar de tener alcances limitados. Así mismo acrecienta más las diferencias entre el trabajo manual e intelectual.
La industria y la agricultura desarrolladas en función de las necesidades del imperialismo, producen fundamentalmente para la exportación, haciendo de México un país exportador de materias primas industriales, manufacturas, productos agrícolas y petróleo. Es decir, nuestra economía tiene, cada vez con mayor fuerza, una tendencia a la integración y supeditación a la economía imperialista norteamericana no solamente como un fenómeno natural del nivel de desarrollo económico en México sino además, como producto de una activa participación del estado en las esferas económica, política y social a favor de la oligarquía financiera y el imperialismo.
De igual manera el Estado ha jugado un importante papel al sostener en sus manos durante décadas empresas necesarias al desarrollo de la gran burguesía y el imperialismo, que en vista de sus limitaciones financieras, las del mercado nacional, la coyuntura internacional, el apuntalamiento del Estado, además de otros aspectos de carácter histórico, la clase capitalista prefirió y vióse obligada a que éste (el Estado) las usufructuara en provecho de ella (la clase capitalista) y del inmenso aparato burocrático estatal (fuente de nueva burguesía), para que en esa perspectiva, creara mejores condiciones y reclamara su derecho a poseerlas en disfrute pleno una vez pasada su fase de consolidación. En este sentido, es claro que el Estado ha jugado un papel de primer orden como promotor del capital monopolista. Ha sido decisiva su intervención en la monopolización de la exploración, extracción y refinación de petróleo y gas; del abastecimiento y conservación del agua; de la operación del sistema de presas y drenajes; de la construcción de caminos y puentes; de la generación y distribución de energía eléctrica; de la comunicación telegráfica; del transporte ferroviario.
En el presente, el Capitalismo Monopolista de Estado en México, se distingue por la profundidad de la penetración y dominio de los monopolios nacionales y extranjeros en el país; por una más activa injerencia imperialista en todos los terrenos de la vida social: por la reprivatización de gran cantidad de empresas públicas de carácter estratégico pasando estas a manos de la oligarquía financiera y el imperialismo; por la intransigencia de la oligarquía financiera; por el desmantelamiento de algunos rasgos de corte chovinista dentro del Estado ajustándose a un mejor y más eficiente instrumento del poder económico; por la filtración de espacios de poder político a la narco-economía; por la completa subordinación de todos los mecanismos estatales al gran capital y al imperialismo; por la descomposición de la clase dominante que ha renunciado a todo proyecto desarrollista del capitalismo en México en pos de sus propias ambiciones, identificándose con un modelo industrial-agrícola que responda a las nuevas necesidades de los imperialistas y la oligarquía financiera.
En la etapa actual, la gran burguesía nacional ha rebasado los márgenes de proteccionismo limitado como un status particular de su sojuzgamiento por los imperialistas para aliarse crecientemente con menos restricciones y en forma sólida al imperialismo con sus pretensiones hegemónicas como salida a la emergencia de nuevos bloques imperialistas en el marco de la nueva división internacional del trabajo, los limites del mercado mundial, las crisis y la revolución proletaria.